De Sobrarbe al Maestrazgo, los monumentos geológicos de Aragón


«A los geólogos nos gusta lamer rocas». Javier Lorente recoge del suelo un pequeño fragmento de marga y se lo pasa por la lengua: «La marga es fácil de identificar porque es tan porosa que se pega en la lengua». Lorente, 40 años, geólogo de Zaragoza, explica todo esto y más durante un alto en la ruta de Jubierre, en los Monegros, un paisaje coronado por torres de roca caliza de unos 25 millones de años, por cañones de paredes con múltiples estratos de roca, superpuestos como una lasaña cocinada por dioses. Cada estrato marca cuál fue allí el nivel del agua durante milenios; cada estrato es de un color, pigmentaciones que van del blanco al negro, pasando por el amarillo o el rosa, en líneas tan bien definidas que parecen banderas de un país desconocido. Jubierre podría ser el paisaje de un western de John Ford, pero no, se trata de Aragón.

Geoturismo, turismo geológico: eso es a lo que se dedican Lorente y su socia Olga López con su empresa Qeteo. En 2018 elaboraron un informe para el gobierno de Aragón con los puntos geológicos más atractivos de esta comunidad autónoma de España. La Diputación General de Aragón les concedió una subvención para probar qué acogida tendría el geoturismo en la región, y para organizar un viaje de prueba con tres medios de comunicación, incluido Altaïr Magazine. De Norte a Sur, cinco días por Aragón, contemplado el territorio desde la perspectiva de la geología, un viaje en el que la insignificancia de nuestra cotidianidad queda crudamente expuesta: «Teniendo en cuenta que la Tierra se formó hace 4 500 millones de años, 20 o 30 millones de años es casi como si habláramos de hace dos días», dice López mientras recorremos en coche las llanuras del Ebro. 

Viajar con geólogos es diferente; su campo de acción va más allá de los 200 000 años que tenemos los homo sapiens, del ensimismamiento de las naciones y de sus tribus, o del último acontecimiento histórico que se produce en Twitter. Viajar con geólogos ayuda a abandonar nuestro ego.

En las Saladas de Sástago-Bujaraloz, Pérez mira al suelo y cada tantos metros avisa: «Mira, un cristal de yeso, y aquí hay cristales de sal. Los de yeso se diferencian porque si pasas la uña, queda la marca. ¡Anda! Un canto rodado de granito… Quizás llegó aquí procedente de lo que es hoy Pirineo, aunque quizás lo trajeron en camión para pavimentar el camino». Estamos en las salinas más grandes de Europa, según la oficina de Turismo de la Ribera Baja del Ebro, 250 hectáreas de lagos extintos que fueron explotados para extraer sal entre los siglos XVII y XX. Huele a fango y a trigo recién cosechado. Su perímetro luce un amarillo que no es el del trigo, es más difuso y se bambolea como pelusilla: es la espartera en flor, con la que tradicionalmente se ha fabricado la fibra del esparto.

«Turismo ilustrado»

No hay nadie a la vista en las Saladas, y no es solo por el calor de junio. El geoturismo es la antítesis del turismo de masas. «Nosotros promovemos un turismo ilustrado», dice Ánchel Belmonte, director científico del Geoparque de Sobrarbe. Un geoparque es un espacio de alto valor geológico y natural reconocido por la Unesco. Belmonte no se corta: no quiere que el Ibón de Plan acoja a más turistas y pide que no promocionemos el lugar. El Ibón de Plan es un antiguo lago glaciar a unos 2 000 metros de altura al que se llega tras media hora en coche por una pista forestal. En el punto de inicio del camino, en el pueblo de Saravillo, un peaje obliga a pagar un abono de acceso: 3 euros para circular en auto; 6 euros para recoger setas. Belmonte incluso rechaza la idea de que la zona pasase en el futuro a ser protegida como parque natural, porque supondría añadirle mayor atractivo turístico.

Sobrarbe es uno de tantos rincones del alto Pirineo que tienen una desarrollada industria turística, pero el Ibón de Plan es uno de aquellos espacios de postal en los que la afluencia de visitantes deja una huella todavía más acusada, como en los parques nacionales de Ordesa o Aigüestortes. A medida que la expedición se aleja del corazón del macizo pirenaico, la presión humana es casi testimonial. En la sierra del Montsec, en la frontera entre Aragón y Cataluña, el señor Antonio indica en una mezcla de castellano y catalán el recorrido para llegar a la muralla de Finestres. Antonio, octogenario, es uno de los cuatro vecinos que quedan en el pueblo de Estaña. Situado en un risco, Estaña es como un vigía que controla la entrada al valle del río Reguer. Antonio planta lavanda y otras flores aromáticas en la rampa de acceso al núcleo urbano, de un municipio a punto de morir, engullido por el bosque, abandonado, como Finestres, la villa a una hora de Estaña en coche desde donde se asciende a la Muralla. Diez kilómetros entre pinos negros, fresnos y robles, corzos, zorros y perdices. Ni un ser humano a la vista; solo dos pescadores flotan en sus balsas en el pantano de Canelles. 

Finestres está en ruinas, no aguantó el paso del tiempo, no resistió al ciclo humano de concentración urbana. Todo lo contrario que su muralla de piedra, una delgada pared de 1 kilómetro de largo, caliza marina de más de 100 millones de años, levantada en vertical durante el jurásico, en una forma que oficialmente recuerda a la gran muralla china y a mí, a las placas óseas del lomo de un dinosaurio.

La despoblación del mundo rural, lo que se ha llamado «la España vacía», también marca el futuro de Aragón. Hay una presencia humana excepcional en las comarcas que siguen el curso del río Gállego; kilómetros y kilómetros sin cruzarnos con ningún otro vehículo, por villorrios con su templo románico, con casas centenarias sobre las que destacan las características chimeneas de la zona, con su espantabrujas, pero sin un alma, como si hubiera caído una bomba de neutrones. Solo los Mallos de Riglos rompen el vacío: los viajantes se detienen a hacer fotos desde el mirador de la carretera, las balsas de ráfting descienden por el río, escaladores de toda Europa ponen allí a prueba sus habilidades.

Los Mallos son colosos de conglomerado del terciario, de hace 30 millones de años. Marcan la frontera geológica entre el Pirineo y la cuenca del Ebro. El turismo siempre ha admirado esta reunión de gigantes, por eso fue construido allí a principios de la década de los Treinta del siglo XX uno de los doce albergues de carretera del Patronato Nacional de Turismo, una de las primeras aventuras de la industria turística española. El albergue jamás entró en funcionamiento como tal, por la guerra civil, pero sí que sirvió hasta mediados de la década de los Noventa como refugio para escaladores. Actualmente está cerrado y cayendo a pedazos.

Un oasis en Zaragoza

La pista que lleva a los Galachos de Juslibol es una carretera semidesértica de Mad Max. Para llegar a ella, primero hay que perderse por el extrarradio de Zaragoza; luego hay que cruzar Juslibol, un barrio de la capital aragonesa en el que destacan viviendas que son cuevas horadadas en la roca. La pista de los Galachos sigue una colina árida, los Escarpes, un secarral que delimita los galachos, meandros que formó un antiguo curso del Ebro. La vieja carretera conducía a una antigua explotación de yeso abandonada en la década de los Setenta del siglo pasado.

Son las siete de la tarde y el termómetro marca 38 grados. Tras andar veinte minutos, frente al paseante se abre inesperadamente un oasis de chopos, lagunas rebosantes de fauna que fueron pozos de las minas de yeso. Es como el final de Más allá de la cúpula del trueno, cuando los amigos de Mad Max, tras huir de la malvada Tina Turner y de una muerte segura en el desierto, llegan al Sidney postapocalíptico para reiniciar la Historia.

Los galachos de Juslibol son el acceso al paraíso, a la vida que trae el Ebro, ahora a escasos 200 metros de su antiguo curso. Hay rutas turísticas entorno al río y entorno a su arquitectura mudéjar; hay tren de alta velocidad, polígonos industriales y concentración humana; Zaragoza, Utebo, Alagón, Figueruelas…  Todo lo que toca el Ebro a su paso por la provincia de Zaragoza resurge en población y vitalidad económica.

El oasis termina al poner rumbo a Teruel, que es, junto a Soria, la zona cero de la España vacía. En un siglo, la provincia ha perdido la mitad de la población. La vida reaparece en Orihuela de Tremedal, en los confines occidentales de Teruel. La sierra de Albarracín, territorio común con Castilla La Mancha, es un refugio de frescor en verano. El principal atractivo geológico de Orihuela es el Río de piedras, un talud de más de 2 kilómetros de longitud de bloques de roca cuarcita formada hace 300 millones de años. La cuarcita es una roca metamórfica que se creó a kilómetros bajo tierra y a temperaturas superiores a los 1.000 grados, explican los geólogos de Qeteo. El choque de placas tectónicas elevó la calcita a la superficie y el hielo ha ido desmenuzándola hasta hoy. Lorente describe el proceso saltando de un bloque de piedra a otro, buscando la fractura que ilustre mejor la composición de la roca y cómo la rompe el hielo.

Los clientes del bar El Santuario se giran sin disimulo y con curiosidad cuando ven al alcalde, Rafael Samper, acompañado por un grupo de forasteros. En El Santuario cuelgan avisos oficiales del Ayuntamiento y muchos anuncios de programas de formación laboral. Por los ventanales se ve pasar un desvencijado tractor. Samper habla poco, pero sabe crear expectativa. ¿Qué és un tremedal, señor alcalde? «Es una turbera, una zona pantanosa. Las hay en muchos lugares, pero la nuestra es famosa porque tenemos un especie de planta carnívora, de la familia de las droseras. Come solo insectos, claro».

Entre Orihuela del Tremedal y el castillo de Peracense no hay nadie. Ni una figura humana en la estepa mesetaria: miles de hectáreas conreadas, pero también otras tantas de campos abandonados, tan solo ocupados por guijarros, conejos y el arbusto de la salvia. Desde el castillo de Peracense se comprende mejor cómo la geografía determina los acontecimientos humanos: a un lado, la llanura de la meseta que viene de Castilla, y al otro, la depresión que crea el río Jaloca y que riega una rica agricultura. El castillo fue construido en lo alto de un monte en el siglo XIV para detener las invasiones procedentes de Castilla. Los ejércitos llegaban por un territorio plano y sin obstáculos, como si la naturaleza les abriera una autopista. El castillo se talló sobre pilares de ródeno, una roca rojiza, marciana, formada hace 250 millones de años. Peracense es un lugar extraño: el castillo lo gestiona Antonio Hernández, arqueólogo y empresario que parece salido de un festival de música electrónica. Hernández es una de las dos únicas personas que veremos en nuestra visita; la otra, barranco abajo, en medio del pueblo, será un solitario anciano tejiendo ristras de ajos sobre el asfalto.

Jota, dinosaurios y aviones militares

En un terraplén de la carretera que lleva a Galve hay un andamio cubierto, y tras el andamio, huellas de dinosaurios de hace 150 millones años. Miguel Ángel Herrero, exalcalde de Galve, está enfrascado en plena narración, señalando cómo las orillas del mar llegaban entonces hasta allí, o describiendo los más relevantes dinosaurios descubiertos en la demarcación, cuando, a lo lejos, empieza a sonar una jota. Herrero continúa hablando como si nada, pero el periodista pide silencio. ¿Puede ser que en medio del campo estemos oyendo música? «Sí, viene de Galve», se añade Lorente, «es común en Aragón que suene una jota por la megafonía municipal para avisar que está a punto de ser comunicado un aviso del Ayuntamiento». Tras la jota, un voz enlatada informa a los vecinos de que al día siguiente, a las cinco de la tarde, se celebrará una reunión de la cooperativa local agrícola.

Plantas carnívoras, dinosaurios y jotas, la realidad se sale de madre en Teruel. Y todavía hay más: pocos minutos después de reemprender Herrero la clase magistral sobre los yacimientos paleontológicos de Galve, sobre los hallazgos que hizo su padre, José María Herrero, sobre la educación que este recibió de un maestro republicano luego represaliado, mientras Herrero evoca todo esto, aparecen de la nada cuatro Airbus A400, aviones militares de carga, volando a muy baja altura. Uno tras otro, sin prisa, cruzando sobre nosotros y sobre Galve. «¡Estamos hasta las narices de estos! ¡Menuda semana!», lamenta Herrero. El aeropuerto militar de Zaragoza acogía aquellos días unos ejercicios internacionales.

Juan José Martínez consume la jornada detrás del mostrador de la tienda del museo minero de Escucha, centro que él impulsó como alcalde hace ya casi dos décadas. Martínez trabajó en las minas durante 25 años. Su padre fue un trabajador forzado del franquismo durante la posguerra. Se adaptó a Escucha y fundó una familia. La región minera de Teruel no tiene la fama de la asturiana, pero sí corre su misma suerte: el desmantelamiento de una industria y de un modo de vida, la depresión por lo que se perdió y por la incertidumbre del futuro. Lo más interesante del museo son los testimonios que aparecen rascando entre paredes de carbón, a 250 metros bajo tierra. La guía, por ejemplo, Luisa Acerete, hija de mineros, sorprende a los visitantes desmontando un viejo equipo de auxilio que se expone en un maniquí: dentro, en una etiqueta identificativa, hay un nombre, Juan Pérez Gallardo: es el primo de su madre.

Hay habitantes que, pese a las adversidades y pese a la despoblación masiva, continúan aferrados al lugar. Como Luisa Acerete, o como Belén Soler, hija del pueblo de Alloza, nieta de minero, mujer que ha construido una vida de ecologista militante y con todos los aspectos de los movimientos alternativos que hierven en la gran ciudad. En Barcelona o en Madrid podría implicarse directamente en los proyectos que ella cree para cambiar el mundo, pero Soler sigue en Alloza, donde asegura regentar el único restaurante de alimentación kilómetro cero de Aragón, la Ojinegra. Los alimentos de Soler son exquisitos, desde la fruta a la carne, pero también el té de roca, la flor que recolecta ella misma las noches de luna llena de agosto para preparar una infusión con miel que permanece en la memoria del paladar.

El termómetro marca 43 grados en Alloza. Las crías de tordo caen de los nidos, el llamado «estrés térmico» las empuja a volar antes de tiempo. Por las calles de Alloza, los pollos caídos buscan sombra. Soler se apresta a socorrerlos con agua y migajas de pan.

Maquis y luces led 

Teruel es tierra de mujeres fuertes. Gherghina Muschici, nacida en Rumanía, lleva trece años en la región. Ha optado por coger el toro por los cuernos, servir al prójimo en una sociedad rural en extinción, y ser concejal de Educación y Salud en Molinos, población de 180 habitantes. Muschici acompaña al alcalde, Javier Mateo, y a la delegación de Qeteo, durante la visita a las Grutas de Cristal, una cueva tridimensional, mágica, una telaraña de estalactitas, estalagmitas, columnas de color leche gracias a la calcita.

Emilio Jordán, el guía de las cuevas de cristal, repite el mismo tour desde hace 42 años. Cuenta que al otro lado del valle hay una cueva similar, ahora cerradas porque durante décadas no hubo control alguno y el queroseno de las lámparas de los visitantes ennegreció el tesoro geológico. Jordán admite que la cueva de Cristal también iba por mal camino: hasta 2014, el espacio estaba iluminado con bombillas incandescentes que elevaban la temperatura a niveles de degradación evidentes. A partir de aquel año se sustituyeron por luces led, y gracias a ello la humedad ya se ha recuperado un 100%, dice Jordán.

«Queremos que vengan masas de turistas», dice Mateo. Molinos parece lejos de todo y a las masas de turistas, de momento, no se las ve llegar: antes de la crisis económica –2008– recibían 20.000 visitantes por año; ahora son 14.000, prácticamente las personas que entran de media en un solo día en la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. Pregunto a Mateo si tendría potencial turístico la historia de esta comarca, el Maestrazgo, como santuario de los maquis –las guerrillas emboscadas en estas sierras, de Aragón a Castellón, y que intentaban, inútilmente, sabotear el franquismo–. El alcalde no lo tiene claro: «Nuestros padres nos hablaban de ello, pero yo lo dejaría ahí. Son cosas que mejor olvidarlas».

Julia Escorihuela no quiere masas, quiere turismo de calidad. Es la guía oficial del parque geológico de Aliaga, un espacio único en Europa porque en él es fácil estudiar en su totalidad, y en pocos kilómetros cuadrados, procesos geológicos que en otros lugares abarcan bastas regiones. Aliaga y el Maestrazgo fueron el primer geoparque de España, sello de calidad que perdió en 2016 por errores administrativos y de gestión –qué administración o qué gestor es el responsable del desaguisado, dependerá de a quién preguntes. En estos días de junio, en Aliaga destaca una comitiva de estudiantes de geología de la Universidad de Southampton que toman notas de estratos y fósiles, también un grupo de jóvenes graduados de la facultad de bioquímica de la Universidad Autónoma de Barcelona. «La gente que atiende mis rutas tiene una sensibilidad, quiere aprender, tiene conocimientos. El turismo de chancleta anda muchas veces por aquí sin cuidado», dice Escorihuela, al mismo tiempo que admite que entre los visitantes más educados, académicos y aficionados de la geología, los hay que arrancan a martillazos fósiles de animales marinos, o que se llevan fragmentos de ripples, el nombre con el que se conocen las rocas que han conservado la forma de las olas de antiguas mareas.

No hay una gran estructura turística en Aliaga, pese a su belleza extraordinaria. No hay chalets apareados, ni siquiera una red de hoteles: la principal fonda del pueblo es lo que fue la residencia de los ingenieros de la antigua central térmica de Aliaga. La chimenea todavía luce las iniciales de la empresa. A sus lados se han conservado dos barras de madera empotradas, elementos tradicionales de Aragón, de cuando se aprovechaba la lumbre para comer y para combatir el invierno. La central, antaño alimentada con el carbón de la región, está cerrada desde 1982 y languidece a la orilla de un embalse en el río Guadalope, un espacio antes industrial que la vegetación y la fauna están conquistando.

Aliaga tenía 3.000 habitantes durante los años del boom minero; ahora son 350. Escorihuela es una suerte de voz de la conciencia que molesta a muchos que quieren recuperar a toda costa el peso económico de la región: ella advierte contra proyectos empresariales que vulneran el medio ambiente, presenta alegaciones, se enfrenta a representantes políticos que la quieren ver lejos. Escorihuela dispara datos, alegaciones y descripciones al ritmo de una ametralladora. Intercala explicaciones geológicas con recuerdos de las minas o con detalles de la flora local: la ontina –una flor con forma de botón amarillo–, el enebro, el pelusillo y su grácil pluma, el junípero, la dulce salvia de color lila, la sabina y la aliaga. Desde un cerro, Escorihuela señala la Olla de Aliaga, un doble pliegue de roca caliza creado hace 200 millones que parece una ola a punto de romper sobre la montaña.

Javier Lorente y Olga López observan la olla y, ensimismados, especulan sobre lo que vendrá. Lorente propone una apuesta, él se la juega: «De aquí a 100 millones de años, Aliaga estará de nuevo cubierto por el mar, y la tierra volverá a estar unida en un pangea». La cuestión, poco probable, es si por entonces habrá alguien en el planeta para recordar la apuesta.

Artículo realizado en colaboración con: 

Qeteo y Gobierno de Aragón