AMOR
A Levrero o lo amas o lo odias: no hay término medio. Es tan original, tan raro, tan propio que provoca adhesión o rechazo. Esa visceralidad emocional también se encuentra en su obra, atravesada por una poética del contraste. Una obra llena de personajes solitarios, pero llena también de personajes deseantes. «Con la edad cada vez me interesan menos los orgasmos y más el deseo mismo», leemos en Dejen todo en mis manos (1996). Y lo cierto es que el deseo recorre su escritura de formas muy variadas. Encontramos un deseo carnal, dirigido ansiosamente hacia el cuerpo femenino. Pero también un deseo de indagación en el ser interior: escucharse a uno mismo, reseguir con el pensamiento y la escritura el contorno espiritual. Y el amor propio, también llamado masturbación. El deseo voraz de leerlo todo, verlo todo, escucharlo todo. Y el deseo de comunicarse con los otros. La literatura es sólo uno de los medios en que puede darse esa comunicación: Levrero fue también fotógrafo, librero, a...

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