Al igual que otra ciudad de no poca fama, Cagliari se extiende sobre siete colinas. Para desenmascarar la convicción según la cual por su morfología es una ciudad hostil a los ciclistas, para contarla y apreciarla mejor, nos lanzamos a un vagabundeo urbano sobre el sillín de nuestras bicicletas, dispuestos a dejarnos capturar por la «ciudad blanca», como amaba definirla el escritor sardo Sergio Atzeni. Y como diligentes viajeros o flâneurs cualquiera, con los ojos bien abiertos, nos hemos dejado guiar por el benévolo sol que de enero a diciembre tiñe de sal —en la mañana— y de naranja y rosa —en la ociosa tarde— esta ciudad nacida entre dos lagunas y abrazada por un mar infinito.
Desayuno tras las murallas

El reloj marca las diez, empieza el viaje. Nos encontramos frente a la escalinata de la iglesia de Sant’Anna, en la parte baja de la ciudad antigua. Metemos una marcha corta para emprender la inevitable subida —dura pero satisfactoria— hacia Castello (Castedd’e Susu, en sar...

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