En 1939, Europa hervía. La invasión de Polonia por parte de la Alemania hitleriana iniciaría el mayor conflicto bélico del siglo veinte. El viejo continente estaba a punto de teñirse de la irracionalidad y brutalidad del nacionalsocialismo. Pero cuando el hediondo olor a muerte ya se respiraba en todo el continente, dos treintañeras se montaron en un Ford Roadster Deluxe de 18 caballos y escaparon.

Una de ellas era Annemarie Schwarzenbach, escritora y arqueóloga suiza. De apariencia andrógina, adicta a la morfina, depresiva y bastante delgada. De ella decía Thomas Mann que parecía un «ángel», un «ángel caído». La otra era Ella Maillart: periodista, viajera, fotógrafa y etnógrafa, además de deportista olímpica.

Porque Ella Maillart fue ante todo un alma peregrina y multifacética. Sus inquietudes políticas la llevaron a Rusia a finales de los años treinta y su interés en la cultura oriental hizo que consagrara cinco años de su vida a meditar en la India. Prolífica escritora...

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