Sergio González Rodríguez fue muchas cosas: escritor, periodista, voz cálida y sensata, personaje y amigo de Roberto Bolaño y, en la juventud que recuerda en este texto, integrante de Las Ventanas, un grupo de rock que se embarcó a finales de los años 70 en su particular odisea por los escenarios del noroeste mexicano.

«Quería huir, bajar corriendo por la ladera contraria y perderme en el desierto». En la página 100 de Los detectives salvajes está sembrada tal frase de Roberto Bolaño. En esta novela el desierto aparece como paisaje de una canción ranchera que habla de pueblos «perdidos del norte» (pág. 17); como territorio donde se vaga (pág. 160) o se desaparece (pág. 175); como lugar extremo, de «caldo primigenio y llanura desolada y muerta» (pág. 180); como sitio de condena: «hemos condenado a Ulises al desierto» (pág. 293); como punto de partida y como punto final: «volvemos al Impala, volvemos al desierto» (pág. 608). El desierto concita la pluralidad de los sentidos.

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