No todos podemos ser Marco Polo ni Freya Stark, pero aun así millones de personas viajamos. Los grandes viajeros, vivos y muertos, constituyen una especie en sí mismos, son profesionales únicos. Nosotros somos aficionados, y sin embargo también tenemos nuestros momentos de gloria, nos cansamos, los ánimos flaquean, y pasamos nuestros momentos de rencor. ¿Quién no ha oído, sentido, pensado o dicho, en el transcurso de un viaje, estas palabras?: «Por el amor de Dios, ¿han vuelto a perder el equipaje?», «¿Hemos venido hasta aquí solo para ver esto?», «¿Es necesario que hagan tanto ruido, maldita sea?», «¿A esto lo llaman habitación con vistas?», «Más que darle propina le daría una patada en la boca».

No obstante, perseveramos y hacemos todo lo posible por ver mundo y desplazarnos. Vamos a todas partes. Al regresar, nadie está dispuesto a escuchar nuestras anécdotas de viajeros. «¿Cómo ha ido el viaje?», preguntan. «Genial», decimos. «En Tiflis vi…» Mirada perdida. Tan pronto co...

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