Hace un rato que amaneció. Los tonos grises, con la magia del nuevo día, dan poco a poco paso a una variada gama de verdes, mientras que los fuegos avivados en el campamento reconfortan los cuerpos ateridos de los miembros de la banda de Torãngi. Tras las decenas de sonidos del amanecer —que inconscientemente dan volumen y sentido al entorno—, abuelo Jakugi recoloca las plumas de briku, al tiempo que templa, que brinde el día. De pronto, los aché perciben en la distancia —casi sin pensar en ello— el primer tañido del día del guyra tã: «¡Pong!» Minutos más tarde, el canto próximo de tore en el sotobosque despierta la atención del niño Tatugi, que con un cruce rápido de miradas con su abuelo, espera la instrucción: «Dispara a ese tore». Jakugi pasa silenciosamente la flecha, mientras que con pausados y medidos movimientos el niño levanta su pequeño arco, colocando el proyectil en posición al tiempo que se desliza silenciosamente en la espesura, desapareciendo de la vista de la banda.
Ab...

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