El horror de la literatura y el horror de la realidad son infiernos conectados. El reportero estadounidense John Gibler enlaza la poética de Los detectives salvajes y 2666 con el descubrimiento, en 2007, de la violencia que empezaba a arreciar en pueblos de la frontera sonorense como Altar y El Sásabe y se cobraba sus primeras víctimas: los inmigrantes.

 
No creo que Roberto Bolaño haya querido revelar los desiertos de Sonora, lugares donde jamás caminó, habló con la gente, vio el atardecer o sintió el calor. (Para eso, y más, vale la pena la gran novela de Leslie Marmon Silko, Almanac of the Dead.) En Los detectives salvajes de Bolaño los desiertos de Sonora aparecen como una geografía tranquila y brutal, escenario de purificación y horror. Creo que Bolaño elige los desiertos de Sonora con sus paisajes (para él, imaginados) áridos, duros, a veces planos y a veces montañosos, como el trasfondo elemental para observar con claridad, sin distra...

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