Uno viaja, y lo hace con cierta felicidad. Los periodistas —eso es lo que soy— viajamos para dar talleres o charlas, para presentar libros, para participar en seminarios o ferias. A mí me invitan a hacer algunas de todas esas cosas unas cuantas veces al año —¿veinte, dieciséis?— y entonces voy. Preparo mis conferencias, preparo mis talleres y, un par de días antes del viaje, meto dos camisetas negras, un jean y un abrigo en una maleta, cargo un libro, el ordenador y el pasaporte en un bolso de mano, y voy. Voy porque quiero, voy porque me gusta y voy porque eso también forma parte de mi trabajo. Ir, decir, escuchar, pensar.

Y sin embargo.

Hace tres o cuatro años el escritor argentino Martín Kohan, que viaja mucho, me dijo que había empezado a responder así a las invitaciones: «Voy, pero tendría que volver enseguida». Volver enseguida se ha transformado, desde entonces, en mi lema. Voy —a Bogotá, a Barcelona, a Lima, a Monterrey— pero vuelvo enseguida. Porque —además de se...


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