El sol desaparece durante dos meses del cielo de Tromsø, la capital del Ártico. Pero la naturaleza compensa esa oscuridad con uno de los espectáculos visuales más impresionantes que el ojo humano puede contemplar: las auroras boreales. Solo hay un inconveniente: no siempre aparecen y, cuando lo hacen, son escurridizas. Para observarlas no vale solo con abrir los ojos; hay que ir a buscarlas, a cazarlas.

 
—Para conducir aquí hay que tener un permiso especial. Para manejarse a oscuras y sobre nieve— dice uno de nuestros guías. 
Parece plena noche, aunque son las seis de la tarde. Casi las siete, pero desde las 14:30 el cielo está negro y su pureza solo la contaminan los cientos, miles, millones de copos de nieve, blancos como siempre, que caen —con mayor o menor intensidad, a ratos con forma de bolita minúscula, casi granizo, y otras como láminas de poliespán— directos a nuestros ojos. 
En Tromsø, 350 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, siempre funciona así. Al ...

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