No han cambiado mucho las madrugadas; se siguen calentando con el café puesto en el fogón y repartido entre los miembros de la familia que van despertando poco a poco. Lo que han cambiado son los destinos al salir de casa, porque hace décadas se salía al campo, a ganarle tiempo al sol antes de que estuviese en su punto más alto e hiciera el trabajo más pesado, que no por serlo se dejaba de hacer. Ahora, unos siguen esa vereda longeva que lleva hacia el campo, pero otros toman las que en este cruce ondeante que se dibuja sobre la sierra van hacia los poblados próximos, ya sea porque su edad les asigna ir a la escuela o porque sus actividades ya sólo pueden realizarse en los pueblos. Y son actividades tan diversas, que la simple idea de un pueblo pinchado por veredas y de madrugadas con café se convierte en una fotografía de antaño, con tonos sepia.

Para salirnos de esta fotografía —sólo para ver otras que también están en el álbum cambiante del país mexicano— comencemos de ma...

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