Ser portero de fútbol no es fácil. Siempre expuesto a la burla, al error definitivo; siempre solo, a ochenta, noventa metros de los festejos de tus compañeros; siempre tenso, atento a ese balón que busca hundirte y que no sabes ni cuándo ni desde dónde vendrá. Ser portero de fútbol es duro. Defender la portería de un equipo que recibe, de media, una docena de disparos a puerta por partido, lo es aún más. Tener que hacerlo llevando un gorro blanco de lana, pompón incluido, raya el masoquismo.

Jens Martin Knudsen (Runavík, 1967) se lo toma con filosofía: «la clave es ser positivo», cuenta mientras abandona momentáneamente la fábrica pesquera que dirige en Strendur, a la otra orilla del fiordo que le vio nacer, para dirigirse al campo de fútbol local. Ya hace nueve años que colgó los guantes —o en su caso el gorro— pero los feroeses siguen honrándole allí dónde va. No es para menos después de 580 partidos disputados, 65 internacionalidades, cinco ligas, cuatro copas feroesas y ...

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