¿Nos sirven los mapas habituales para mostrar las nuevas geografías que conforman el mundo de hoy? Tal vez no. O, por lo menos, no suficientemente.

En 1375, cuando Abraham y Jafudá Cresques dibujaron el primer Atlas conocido, sacudieron en un plisplás gran parte de las convenciones de su época. Los innumerables relatos de marineros y comerciantes, cartas, informes, pesquisas y trabajos acumulados durante años se condensaban allí, en minuciosas ilustraciones que mostraban a simple vista la superficie y el contorno de tierras y mares. Era una revelación al alcance de todos, fuesen letrados, iletrados, o hablaran otros idiomas, venía en un lenguaje cartográfico diáfano, en imágenes, cuya asimilación y retención eran inmediatas. Sus mapas reproducían el escenario completo del orbe entonces conocido, observado desde su isla de Mallorca, en el corazón del Mediterráneo, para ellos el centro de la humanidad.

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